La agotó
Dejó caer la copa con agua que la mano ya no sostenía. Rodó como moneda liberada, como remolino naciente, como reflejo de un torbellino. Continuó su camino por la línea del parket no pareja. Trepó por la cornisa de la única ventana abierta. Saltó, se deslizó. Recorrió la acera librándose de los traunstentes nocturnos. Llegó a la avenida principal. Atravesó hasta tomar un taxi y bajar deseando no confundirse con el agua corrediza de la lluvia restante. Subió por el elevador hasta el noveno piso. Allí rescatando las pocas gotas que aún era, sin aviso se escurrió por la rendija angosta de la parte inferior de la puerta. Fue en ese momento cuando se percató que no era más que una pequeña, diminuta y grandiosa escritura de un loco.
Ernesto

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